Lucas Ruiz

  [Dansk]

La enciclopedia de mi madre

A Conchi

En la clase de historia mis alumnos siempre me ponen a prueba, o al menos así lo siento  yo. Es una cuestión de percepción, lo sé, pero es tan difícil no sentirse amenazado por la angustiosa certidumbre de todo lo que uno no sabe ni jamás sabrá.
Parapetados en sus potentes ordenadores por­tátiles desde los que toman notas o se esconden del aburrimiento que les contagio, o se mandan mensajes o chequean en el facebook, a veces salen de la modorra a golpe de preguntas, entre la di­versión y la burla, respetuosos siempre en apa­riencia, aguijoneados, tal vez, por la curiosidad, y yo me siento como un concursante novato e inseguro, a punto de participar en su primer y último concurso. El primero hoy en abrir fuego ha sido Rolf, que inmisericorde, me ha pregun­tado por la fecha de la batalla de Salamina. Debía saberlo, lo sé. Pero hay tantas cosas que olvido y muchas más que siempre ignoraré.
Cuatro o cinco de ellos, con un gesto disimu­lado de superioridad, han levantado sus brazos y contestado al unísono, leyendo en voz alta el artículo correspondiente de la wikipedia, con la seguridad pavorosa de que todo lo que allí se encuentra es cierto, exacto, verdadero, indiscuti­ble. Y yo he sonreído y añadido balbuciente un comentario parcialmente ininteligible que se re­fería al valor simbólico de esa batalla para Occi­dente y he citado a un tal Cercas, un escritor es­pañol, he dicho, que extrafiamente escribió una obra que aludía a la batalla. Ya nadie me escu­chaba porque el timbre había sonado y todos iban camino de la cantina dispuestos a tomarse sus sandwiches de huevo duro y gambas y sus ensaladas de pasta.
Solo y apesadumbrado, hundido en mi silla de profesor sin tarima, ni memoria, ni conoci­mientos he tenido la intuición de que vamos por el mundo aparentando cosas que no somos, pa­voneándonos de conocimientos que no tenemos, negando vilezas que probablemente sí cometi­mos. Y he pensado en mi madre y en una enci­clopedia suya –manuscrita e inacabada– que empezó a escribir en el verano de 1997. Y he descubierto entonces, como en una revelación, su honesta manera de no entender el mundo.
Al llegar a casa –inexplicable, pero estas cosas ocurren– ha sonado el teléfono y era mi madre haciendo uso de sus quinces minutos de Telefóni­ca. Yo estaba algo melancólico, decaído, y por ello muy parco en palabras. Sólo hemos hablado un poco de los nietos, el tiempo y la inmensa suerte que he tenido con la mujer que se ha ca­sado conmigo. Al final de la conversación, como saliendo de mi aturdimiento, le he preguntado por su vieja agenda. Por toda respuesta me ha dicho: No te cachondees de tu pobre madre. Al col­gar me he prometido escribir esta historia  para no olvidarla, tal vez para salir yo mismo de mi propio desconcierto.

«Mi madre escribía en su agenda con letra gara­batosa e insegura:
Vargas Llosa se casó con su tía y ese dato autobiográfico se refleja en su conocida novela “La tía Julia y el escribidor”.
Acababa de anotar, exhausta por el esfuerzo, contenta sin embargo de acumular sabiduría apenas sin notarlo, como quien no quiere la cosa, alentada por el hormigueo incesante de una nueva curiosidad que la dominaba, que la absorbía y la condenaba a anotar caligráficamente, con felicidad, detalles disparatados y disparejos en su cuaderno secreto.
El mundo se le escapaba de lo grande que era, no podia abarcarlo, era inmenso e indescifrable, pero su agenda, caducada en fechas y citas, le había devuelto un poco de orden al caos no for­mulado de su existencia.
–Lee un poco más, mamá, así aprenderás co­sas nuevas –le había dicho yo en más de una ocasión, sin mas intención que la de molestarla o quitármela de encima.
Pero mi madre se lo había tornado al pie de la letra. Ella es así. Cualquier comentario mío, por desatinado o desconsiderado que pudiera pare­cer, se incrustaba en su corazón con esa fuerza elemental y ciega de la lealtad materna.
Desde entonces, cualquier recorte de periódico, cualquier folleto por extraño que pareciera, podía pasar a formar parte de su acervo cultural, de ese extraño libro de la vida en que fue convir­tiéndose su agenda. Bastaba con que la informa­ción fuera registrada y considerada por ella  co­mo relativa a la cultura para que se aplicara a la labor con esa inexplicable intensidad de quien descubre algo por primera vez y se aferra a ello como un principio turbador, reorganizador de la existencia.
Escribía paciente e ilusionada, sin atisbo de rubor, con disciplina:
Dinamarca es un país de 5 millones de habitantes. Su monarquía es una de las más antiguas del mundo y su reina se llama Margarita.
Ella es así. Hermosa y combativa en su per­manente ignorancia, en su súbito deseo de aprender desordenado, intenso, anárquico e im­pulsivo.
–¿Se dice “olor” o “loor” de multitud? –me interrumpía en medio de una conversación tele­fónica–. Es que me gusta saber –añadía–. El otro día Marina me dijo que se decía “olor” y como a ella siempre le gusta llevar la razón…
–Míralo en un diccionario, mamá –volvía a recomendarle yo, profesoral y distante.
–Por eso te pregunto a ti –y se enredaba en una larga y disparatada explicación.

El tiempo pasaba y aquel cuaderno crecía en volumen e intensidad, recorrido de metáforas inverosímiles, víctimas de la casualidad y el sen­tido común, que son las metáforas que perduran. Esos fragmentos, cortos y dispersos, parecían haber ido tejiendo, sin saberlo, a través de meandros imaginarios, de círculos concéntricos sin dibujar, una densa ruta de abigarrado cono­cimiento esotérica y terreno que llevaba a sus lectores furtivos –sólo yo, que yo sepa, aprovechando las largas estancias de mi madre en la cocina– de la vida privada de escritores a los que nunca leería o actores ilustres a los que era inca­paz de distinguir en una película a la geología mineral de países lejanos o a la química amarga de los deseos. Toda cabía hermosamente en ese cuaderno inútil de la vida, todo tenía un espacio y un orden sentimental y jerárquico, empujado por un aliento invencible al desaliento, la necesi­dad de aprender sin saber cómo, de vivir para anotarlo, para contarlo en esa enciclopedia im­posible de la vida, difícil inventario de pasiones sin sentido».

Hoy me ha vuelto llamar. Es verdad que llama todos los días, pero la llamada de hoy ha sido algo especial. Ha dicho, acelerada y con urgencia, como temiendo que se le olvidara, o que no la entendiera, o que la noticia, extrañamente, caducara:
«Tu tío Román ha intentado localizar a tu pa­dre en el móvil durante toda la mañana pero a tu padre se le había olvidado en casa . Y ahora ha vuelto a llamar –continuó casi sin aliento–. Ha leído en el periódico –se  refiere  al  Sur, claro– que -hizo  una  pausa  como   para coger  fuerzas­… Dinamarca es el país más feliz del mundo».
–¿Mamá, mamá? –interrogo creyendo que la linea se ha cortado.
–El más feliz del mundo, ¿te das cuenta?
Y continúa convencida de que esa verdad proclamada por mi tío –como los datos  exactos de la wikipedia con los que mis  alumnos  me humillan– no sólo no podía dejarme indiferente sino que tenía que provocar mi incondicional lealtad y sometimiento a este maravilloso país. Inyectar alegría al tono melancólico de mi voz en la distancia.
Mientras me habla –como siempre que me habla–, sorprendido por la  noticia  y  extrañado de que de esa porción de felicidad nacional me hubiera correspondido tan poco, me meto en la red. Parapetado en mi potente ordenador, ajeno ahora al rumor de la conversación –su monólo­go–, tecleo las palabras felicidad y Dinamarca. Efectivamente, la red me devuelve generosa la confirmación esperada: Dinamarca, con su de­mocracia, su igualdad social y su atmósfera pací­fica, es el país más feliz del mundo, eso dice la Encuesta de Valores Mundiales . En esa misma en­cuesta, España se sitúa hacia la mitad de la tabla, en el puesto 44 de los 98 evaluados.
–Sí, mamá –le confirmo–, lo acabo de leer en el ordenador.
Mi madre suspira aliviada. Hoy ha sido ella quien ha colgado antes de alcanzar los 15 minu­tos que Telefónica le concede al día. Ahora no la escucho ni la veo pero me cuesta muy poco tra­bajo imaginar cómo se dirige a la mesita donde guarda la vieja agenda, se pone con lentitud las gafas, agarra el bolígrafo y en una de las páginas vacías, cualquier página de su agenda de 1997, escribe, triunfante y satisfecha:
Dinamarca es el país más feliz del mundo y mi hijo y mis nietos viven alli…

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http://lucasruiz.eu
Oversættelse til dansk:
Ditte Gadegaard og Ellen Wiuff

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